26/7/2014

La Alhóndiga de Arévalo homenajea a Julio Escobar

La asociación cultural ha programado una tertulia para analizar su obra, una visita a su panteón y el repintado de la placa de su casa natal.

El próximo 30 de julio se cumple el vigésimo aniversario de la muerte del escritor arevalense Julio Escobar. Por este motivo, La asociación de Cultura y patrimonio ‘La Alhóndiga de Arévalo’, clausurará el próximo domingo 27 de julio una serie de homenajes y reconocimientos que comenzaron el pasado viernes 18, dedicándole la tertulia literaria del mes, y que se cerrará con una visita al cementerio de Arévalo, donde se encuentra el panteón en el que descansa el escritor arevalense, para recordarle mediante una ofrenda floral y literaria en su memoria.
Quienes quieran participar en este pequeño acto de reconocimiento que se celebrará en la necrópolis, podrán hacerlo ya que la asociación ha citado a sus miembros y simpatizantes a las 11:00 horas en el atrio de la iglesia de San Martín, para partir desde allí hasta el camposanto.
Por otra parte, y por encargo de la asociación, durante esta semana se está repintando la placa que en la casa en la que nació, situada en el número 8 de la calle de Zapateros, se colocó con motivo de un homenaje popular que se le hizo el 12 de octubre de 1.954 y que perpetúa la memoria de este periodista, dramaturgo y narrador, una de las plumas más prolíficas del Arévalo del siglo XX.

Nacido en Arévalo el 19 de enero de 1901, se casó con Sagrario Faura Álvarez de Abreu y murió el 30 de julio de 1994, sin descendientes ni ascendientes, en la localidad madrileña de Los Molinos, por lo que dejó su herencia a los municipios de Arévalo, su ciudad natal, Madrigal de las Altas Torres, villa que le nombró hijo predilecto y Los Molinos, localidad en la que residió.
Se inició como periodista en la redacción de del semanario La Llanura en su Arévalo natal, periódico del que fue director en su segunda época. Tras trasladarse a Madrid, comenzó a escribir en el diario El Imparcial de la capital. Colaboró en numerosas publicaciones periódicas y obtuvo galardones como el Premio Pontevedra, el de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas, el Premio al mejor cuento castellano Anita Segarra de la Sociedad Cervantina y el Alvarez Quintero de la Real Academia.
En total publicó un total de 14 libros entre novelas y ensayos. Sus ensayos aparecen reunidos en Azulejos españoles de 1947 y Andar y ver de 1949. Sus novelas, muchas de las cuales gozaron de buena crítica son El hidalgo de Madrigal de 1952; Teresa y el Cuervo publicada en 1954; Cinco mecanógrafas y un millonario de 1955; La viuda y el alfarero de 1957; Una cruz en la tierra editada en 1960; El viento no envejece de 1964; Se vende el campo de 1966; La sombra de Caín que apareció en las librerías en 1968; Vengadores de ceniza de 1971, y El novillo del Alba que vio la luz en 1971.
Hombre ilustrado e ilustre, el entonces arzobispo primado de Toledo Cardenal Vicente Enrique y Tarancón le nombró caballero del Corpus Christi de Toledo, con cuyo hábito fue sepultado en el Panteón familiar de Arévalo.




24/7/2014

Cuándo debe huirse de los aduladores

No quiero pasar en silencio un punto importante, que consiste en una falta de la que se preservan los príncipes difícilmente cuando no son muy prudentes o carecen de un tacto fino y juicioso. Esta falta es más bien la de los aduladores, de que están llenas las cortes; pero se complacen tanto los príncipes en lo que ellos mismos hacen, y en ello se engañan con una tan natural propensión, que únicamente con dificultad pueden preservarse contra el contagio de la adulación. Aun, con frecuencia, cuando quieren librarse de ella, corren peligro de caer en el menosprecio.

No hay otro medio para preservarte del peligro de la adulación más que hacer comprender a los sujetos que te rodean que ellos no te ofenden cuando te dicen la verdad. Pero si cada uno puede decírtela, no te faltarán al respeto. Para evitar este peligro, un príncipe dotado de prudencia debe seguir un curso medio, escogiendo en su Estado a algunos sujetos sabios, a los cuales sólo acuerde la libertad de decirle la verdad, únicamente sobre la cosa con cuyo motivo él los pregunte, y sobre ninguna otra; pero debe hacerles preguntas sobre todas, oír sus opiniones, deliberar después por sí mismo y obrar, últimamente, como lo tenga por conducente. Es necesario que su conducta con sus consejeros reunidos, y con cada uno de ellos en particular, sea tal que cada uno conozca que, cuanto más libremente se le hable, tanto más se le agradará. Pero, excepto éstos, debe negarse a oír los consejos de cualquiera otro, hacer en seguida lo que ha resuelto en sí mismo, y manifestarse tenaz en sus determinaciones. Si el príncipe obra de diferente modo, la diversidad de pareceres obligará a variar frecuentemente, de lo cual resultará que harán muy corto aprecio de él. Quiero presentar, sobre este particular, un ejemplo moderno. El cura Luc, dependiente de Maximiliano, actual emperador, dijo, hablando de él, «que S. M. no tomaba consejo de ninguno, y que, sin embargo, no hacía nunca nada a su gusto». Esto proviene de que Maximiliano sigue un rumbo contrario al que he indicado. El emperador es un hombre misterioso que no comunica sus designios a ninguno, ni toma jamás parecer de nadie; pero cuando se pone a ejecutarlos, y se empieza a vislumbrarlos y descubrirlos, los sujetos que le rodean se ponen a contradecirlos y desiste fácilmente de ellos. De esto dimana que las cosas que él hace un día, las deshace el siguiente; que no se prevé nunca lo que quiere hacer, ni lo que proyecta, y que no es posible contar con sus determinaciones.

Si un príncipe debe hacerse dar consejos sobre todos los negocios, no debe recibirlos más que cuando éste les agrada a sus consejeros. Aun debe quitar a cualquiera la gana de aconsejarle sobre cosa ninguna, a no ser que él solicite serlo. Pero debe frecuentemente, y sobre todos los negocios, pedir consejo, oír en seguida con paciencia la verdad sobre las preguntas que ha hecho, aun querer que ningún motivo de respeto sirva de estorbo para decírsela, y no desazonarse nunca cuando le oye.

Los que piensan que un príncipe que se hace estimar por su prudencia no la debe a sí mismo, sino a la sabiduría de los consejeros que le circundan, se engañan muy ciertamente. Para juzgar de esto hay una regla general que no nos induce jamás a error: es que un príncipe que no es prudente de sí mismo no puede aconsejarse bien, a no ser que, por casualidad, se refiera a un sujeto único que le gobernara en todo y fuera habilísimo. En cuyo caso podría gobernarse bien el príncipe; pero esto no duraría por mucho tiempo, porque este conductor mismo le quitaría en breve tiempo su Estado.

En cuanto al príncipe que se consulta con muchos y no tiene una grande prudencia en sí mismo, como no recibirá jamás pareceres que concuerden, no sabrá conciliarlos por sí mismo. Cada uno de sus consejeros pensará en sus propios intereses, y el príncipe no sabrá corregirlos de ello, y ni aun echarlo de ver. No es posible apenas hallar dispuestos de otro modo los ministros: porque los hombres son siempre malos, a no ser que los precisen a ser buenos.

Concluyamos, pues, que conviene que los buenos consejos, de cualquiera parte que vengan, dimanen de la prudencia del príncipe, y que ésta no dimane de los buenos consejos que él recibe.

Nicolás Maquiavelo

23/7/2014

Leído en las redes sociales

...el libro es Cultura. El Ayuntamiento debería dejar de rechazar las donaciones de particulares de libros a la Biblioteca Municipal de Arévalo. Por mucho que no haya espacio suficiente, que puede que sí lo haya si se acometen ciertas obras de acondicionamiento; por cada donación frustrada, se provoca la desaparición de cientos de ejemplares, puede que algunos sean únicos o raros o poco conocidos, pero en todo caso son libros, templos del saber; y en el donante se provoca una sensación de desamparo, de incredulidad al ver que una buena acción es rechazada con argumentos peregrinos. Por eso, deberíamos exigir que no se vuelva a producir ni un solo rechazo más. Quien dona sus bibliotecas particulares, por las razones que sean, a una Biblioteca Municipal es alguien a quien agradecer su gesto, alabar su comportamiento ciudadano y ejemplo para el resto de conciudadanos. Los libros son Cultura y hacen más cultos a quienes les aprecian, valoran y leen...