24 de ene. de 2015

Evaristo "el Ciego"

Se ha marchado el coche de línea Madrid-Arévalo-Salamanca, y en el acreditado y concurrido establecimiento de Marino “El Pavero” vuelve a reinar la calma. Dos viajantes de comercio escriben y pasan sus notas en uno de los veladores del amplio ventanal que enfoca el moruno Arco de la Cárcel. El cerillero del bar, más conocido por “el Cojo de las muletas” que por Esteban Quintero, se estira en una silla y lee una novela picaresca sin mover su cuello corto y torneado. Acodados en el reluciente mostrador, unos labradores endomingados y eufóricos se tiran al coleto sendos “tanques” de cerveza. De repente retumba en el rebajuelo techo la voz potente y alargada de Evaristo “el Ciego”:
―¡Aprovechen, caballeros, que les va a tocar el gordo! 
Una perrita negra, de raza indefinida, tira de la cadenita ligada al collar y, sorteando sillas y veladores, sin tropezar en ninguno, lleva a su dueño hasta el mismísimo trono del “bebercio”. La perrita lame unas cascaras de gambas y olfatea y rebusca los restos de las tapas que suelen caer los consumidores nerviosos. Evaristo, limpio, aseado, con sus gafas ahumadas y su gancha colgada en el brazo izquierdo sigue repitiendo insistentemente: 
―¡A ver señores, a quién le doy la suerte! 
Le invito; me reconoce por la voz, y acariciándome las manos me da las gracias. El vasito de vino matado con seltz abre las puertas de nuestra charla. 
―¿Dónde nació usted, Evaristo? 
―En Bernuy de Zapardiel. He sido mozo de labor. Me gustaban tanto las faenas agrícolas, que nunca me acobardaron el sol, ni la ventisca, ni las tierras grandes, por muy espesos y crecidos que estuvieran los panes. Después me casé con una mujer castellana, buena y honrada. Pero surgió la guerra Civil y, en el frente de Brunete me alcanzó un morterazo, me destrozó la cabeza y me dejó completamente ciego. Evaristo me enseña unas profundas cicatrices en la frente y sien izquierda. 
―Lo que yo he pasado, solo Dios y yo lo sabemos― exclama compungido y resignado. En la cara pálida del ciego se reflejan tristes y dolorosos recuerdos. Evaristo sigue su historia: 
― Cuando ya casi estaba restablecido ingresé en el Hogar-Escuela “Francisco Franco”. Allí aprendí a leer y a escribir en relieve con otros compañeros de infortunio, y para saber la hora en que vivíamos, me regalaron un reloj especial para ciegos, consistente en una esfera de cristal; los números abultados, y las manecillas grandes y largas. Los profesores me querían mucho, pero aquel silencio y aquella amargura me desesperaban. Yo estaba acostumbrado a trabajar y quería trabajar, pero no en Madrid, clavado en una esquina repitiendo eso de “¡Llevo los cuarenta iguales para hoy!”, sino gritarlo por las calles de Arévalo y estar más al lado de mi pueblo y de mi familia. La Organización Nacional de Ciegos me concedió la venta de cupones y aquí me tiene usted desde el 1947, con mi casita propia y rodeado cariñosamente de mi mujer y de mis hijos. 
―¿Cuántos tiene usted? 
―Cuatro: dos varones y dos hembras. Uno está colocado en Madrid, en la Electra Madrileña, y el otro, que era el que salía conmigo, también está en Madrid, empleado en una empresa de transportes. La chica mayor, que nació estando yo en el frente, presta sus servicios como dependiente en la droguería Suma, y la pequeña va al colegio de las Amantes de Jesús. Todos me ayudan y todos nos vamos apañando sin necesidad de recurrir a las almas caritativas. Yo era un obrero y quiero continuar comiendo el pan que yo gano, porque el pan que gana uno mismo alimenta mucho más. 
Después de este relato conmovedor le pregunto por lo bajo: 
―¿Cómo se llama la perra? 
―“Chini”. Es una alhaja. Con ella recorro todo Arévalo de punta a punta y no me deja chocar con nada ni con nadie. Es más lista que el hambre. No la falta más que hablar. Basta con que la dé una voz o la indique con el bastón el camino por donde quiero ir, y sin separarse de mi vera me lleva a los establecimientos o casas particulares donde me compran los cupones. 
―¿Vende usted muchos? 
―Unos ciento cincuenta diariamente. Desde luego, bastantes más que cuando vine, y eso que entonces vendía la tira a dos pesetas y ahora la vendo a diez. 
―¿Ha dado usted muchos premios? 
―Sí señor; muchos. Algunos hasta de diez mil pesetas. 
―¿Quién los manda? 
―La Delegación de Ávila, que pertenece al Centro Orgánico de Salamanca. 
―¿Y cómo se las arregla usted para repartirlos? 
―Pues muy bien. Yo retengo en la memoria los números y los nombres de las personas a quienes he dejado los que han resultado premiados, y la “Chini”, con su incomparable instinto me conduce a los domicilios que yo la digo. Ella me mete por entre los coches aparcados, me libra los martes de los pisotones y codazos de la muchedumbre, y cuando ve que viene algún vehículo me lleva a la acera o me mete en un portal. Me guía tan bien que muchos forasteros creen que veo. ¡Ojalá! 
Sus gafas negras se clavan en nosotros y calmoso y tranquilo balbucea: 
―A mí lo que más me emociona y estremece es la música. ¡Cuánto siento no saber tocar ningún instrumento! Pero ya tengo cuarenta y ocho años y a mi edad entran mal los aprendizajes. 
―¿Se aburre usted? 
―Pues, no señor. Por las mañanas salgo a pregonar a las diez y regreso a casa sobre las dos. Las tardes las mato entretenido en cualquier cosilla, sin acordarme de mi desgracia. 
―Después de aquella maldita explosión, ¿qué sentido se le ha desarrollado más? 
―El del oído y el del tacto. Oír, oigo el ruido más insignificante, y conocer, conozco a mucha gente con solo pasarla la mano por los hombros o por el pecho. 
La perrita pone las manos sobre las rodillas de Evaristo, y nosotros le preguntamos: 
―¿Cuánto años tiene la “Chini”? 
―Seis. El día en que la toque viajar en el carro de la basura yo no sé qué va a ser de mí. 
―Pues será un día de luto, porque la “Chini”, para usted, es necesaria e imprescindible. Y eso que nos han dicho que usted, en previsión, está acaparando precintos de las cajetillas de Bisonte. 
―Efectivamente, los guardo, y los guardo como oro en paño, porque alguien me ha dicho que juntando un kilo, una señora extranjera, tan respetable como virtuosa y caritativa, me le canjea por un perro lazarillo especial para ciegos, educado y preparado en una escuela especial de Holanda o de Suiza. 
―¿Y tiene usted muchos? 
―Sí, señor. Anteayer los pesó mi familia y me dijeron que ya pasaban de los setecientos cincuenta gramos. 
Nos despedimos de Evaristo, quien valiéndose de su bastón y de su “Chini” se va alejando sin cesar de repetir su estridente soniquete: 
―¡Aprovechen, caballeros, que les va a tocar el gordo! ¡A ver, señores, a quién le doy la suerte! 
Y nosotros, contemplándole con simpatía y agrado, pensamos que entre los hombres buenos, cariñosos y agradecidos ocupa un lugar preferente, dentro y fuera de Arévalo, Evaristo “el Ciego”.

Marolo Perotas
Cosas de mi pueblo 
Junio de 1959
(Fotografía propiedad de 
Paquita Hernández Muñoz)

20 de ene. de 2015

Las Juntas de Nobles Linajes de Ávila y Arévalo

El Dr. D. Félix Martínez Llorente, Catedrático del A. de Historia del Derecho de la Universidad de Valladolid nos aporta una separata del Volumen 2 de Historia Iuris con un trabajo suyo sobre Las Juntas de Nobles Linajes de Ávila y Arévalo. Aportación al estudio de la funcionalidad política de unas corporaciones nobiliarias de ámbito concejil (siglos XIII-XIX).
Incorporamos este excepcional trabajo a nuestro archivo documental para consulta y estudio de aquellos que podáis estar interesados.

18 de ene. de 2015

Subida a los Castillejos

La primera parada antes de iniciar el ascenso.
Si no estaba claro que Juanje y yo mismo somos los más aventureros y que, por naturaleza, necesitamos descubrir nuevos territorios para satisfacer nuestro afán por conocer mundo, hoy ha quedado meridianamente claro.
A las 8:45 en punto, ni minuto antes ni minuto después, salíamos de la muy noble, ilustre, leal y humanitaria camino de la muy amurallada ciudad de Ávila. La cita era a las 10:00 en el lugar en el que, según cuenta una leyenda de dudoso fundamento, la de Ahumada sacudió las zapatillas.
A las 9:40 en punto estábamos allí. Éramos los segundos en llegar de forma que, luego de presentarnos a nuestros guías dejando constancia de nuestra presencia, nos marchamos a tomar un café al cercano bar.
Entre el primer y el segundo recinto.
Volvimos. Saludamos a los asistentes que iban llegando.  Algunos conocidos, algunos, también, de Arévalo.
Un corto viaje en coche de unos 25 minutos nos lleva hasta la finca del Cid en Sanchorreja. Dejamos en este lugar los coches y comenzamos el paseo que nos va a llevar al cerro amesetado en el que se encuentra el castro. Primeras explicaciones. Qué vamos a ver, quiénes hicieron las primeras excavaciones…
A poco de iniciar la marcha nos adelanta un tractor con su correspondiente remolque. En él, algunos de nuestros compañeros de excursión, se han subido y realizan parte del trayecto cómodamente sentados en las “pacas” de paja que van a servir de alimento a la manada de vacas que pastan en los prados.
El vértice geodésico.
Al pasar cerca de ellas comentamos que al ser un grupo numeroso las vacas no se atreven con nosotros. Otra cosa sería si fuéramos solo tres o cuatro. Seguramente, en ese caso, seríamos nosotros los que no nos atreveríamos a pasar por allí.
Al poco iniciamos ya la subida. Al principio subimos conversando animadamente, pero la cuesta, cada vez más pronunciada hace que poco a poco la charla se vaya tornando en jadeos sibilantes.
Por fin llegamos casi arriba. Se nos muestran el primer y el segundo recinto. El amurallamiento no es como los de Ulaca, Cogotas o La Mesa. Las puertas tampoco. No hay esviajes.
Las vistas son magníficas. El día es soleado y la temperatura es agradable.
Pasamos por los restos de las tres excavaciones que se realizaron en los años 80. En la última, Jesús, nuestro guía, nos indica que vamos a acercarnos al lugar en que puede que estén los muertos, la posible necrópolis.  Es aquí, precisamente aquí, cuando uno de los alumnos, el típico listillo “gafapasta” pregunta: “¿No hay aquí un resto de una posible torre, según he leído?”.
En la necrópolis.
El guía, con deferencia, le contesta: “Bueno, primero vamos a la necrópolis y luego si eso, ya vemos el posible torreón”.
La zona de la necrópolis está dividida en dos espacios separados hoy por una alambrera o valla metálica que hace como de puertas al campo. Jesús nos da cumplida información sobre lo que pudo ser el crematorio y el cementerio. No aparecen huesos en las fosas, solamente restos de cerámicas rotas y siempre incompletas y cenizas.
Al fondo el Zapatero, la Cancha Morena y el Risco del Sol.
Algunos aprovechamos para comer las viandas que hemos llevado para el almuerzo. Comentamos Juanje y yo que tenemos que formalizar el acuerdo entre la Plataforma por la Defensa de la Cultura con Almuerzo (PDCA) y Castellum. No nos pueden dar más de las 12:00 de la mañana sin haber almorzado.
Regresamos al recinto del castro y el guía, junto con algún que otro rezagado comen sus bocadillos. Muy tarde almorzaban estos pre-vettones.
Comenzamos el descenso. Disfrutamos, ahora de frente, de las excepcionales vistas.  Las formaciones rocosas nos muestran sus caprichosas formas.
La esfinge caballera
Llegamos por fin abajo. Nos despedimos hasta la próxima de casi todos. Aún debemos llegar a los cuatro postes. Allí ,ya sí, nos despedimos definitivamente de José Luis y del resto de amigos que han asistido a la excursión.

La visita ha sido estupenda. Volveremos a vernos, no os quepa duda.

15 de ene. de 2015

La Llanura número 68

"Un año apasionante" nos propone el editorial de La Llanura número 68, correspondiente al mes de enero de 2015, que desde hoy podéis recoger en los lugares habituales de Arévalo.
En las páginas dos y tres se da información de la actualidad cultural.
"De conferencias, debates y mesas redondas" es la propuesta que vais a encontrar en la página cuatro.
Javier S. Sánchez, en la página cinco, nos deleita con un relato titulado "Pastorada".
Las páginas centrales las dedica Esteban Monjas a "León Felipe: Un poeta y ¿un místico?".
"Arutan" es el relato, en forma de entrevista, que nos propone este mes de enero Luis José Martín García-Sancho.
En la página nueve contamos con la colaboración de Fernando Retamosa titulada "Ciegos, pero ciegos... ciegos". 
La página poética trae versos de Luis José Martín García-Sancho, Segundo Bragado y Francisco Javier Rodríguez Pérez.
En la página once hacemos una recopilación de las salidas al campo que hemos realizado hasta ahora desde el grupo de Naturaleza y Medio-Ambiente de la Alhóndiga.
La Llanura número 68 se cierra con un corto pero denso articulo de Emilio Romero dedicado a "La plaza de la Villa".



12 de ene. de 2015

La Fuente Vieja

En pleno campo, a la izquierda de la arenosa cañada y detrás de la tapia que en tiempos remotísimos cercaba la extensa huerta del leproso hospital de San Lázaro, convertido más tarde en convento de Franciscanos Descalzos por obra y gracia de Felipe II, había entre el tupido bosque una escondida hondonada, ocultando en el santo suelo una milenaria fuente, donde las hierbas y las florecillas silvestres crecerían tal vez con entera libertad. Lógicamente, se comprende que en, la cenagosa poza y en el fétido regato que siempre vertió al Adaja por las pronunciadas cuestas que tanto embelleció don Amador Morera, solo bebería el ganado y algún que otro pastorcillo desaprensivo y sediento. En aquellos lejanos tiempos, Arévalo se abastecía de las aguas recogidas los días lluviosos y de sus alabados ríos, con preferencia del Adaja, porque el Arevalillo, según nuestros antepasados, arrastraba más detritos y era más contaminoso, sin duda, por la suciedad reinante, e imperante en los poblados próximos a su curso. Pasan años. Pasan siglos. La aristocracia arevalense, compuesta antaño por más de un centenar de condes, duques y marqueses, preocupóse discreta e insistentemente por el grave problema del agua, acentuado entonces de día en día. Cuéntase también que los Padres trinitarios y franciscanos lanzaron sus ideas e hicieron minuciosos estudios en favor de tan urgente y necesario suministro, acordando la nobleza, el clero y el concejo, traer las aguas del Tomillar, por entender que las caídas del cielo, filtradas a través de las arenas, eran perfectamente potables y podían beberse con absoluta confianza y libertad. No nos dice la Historia quién fue el autor del discutido proyecto, pero sí sabemos que, comprobados y convencidos los detractores, de los desniveles que había del Tomillar a los puntos donde iban a ser instaladas las fuentes, el proyecto comenzó a realizarse el año 1552, siendo corregidor de esta Villa don Diego Monroy, quien, como es sabido, ordenó la recogida de veneros y la fabricación de arquetas y registros, conduciendo las aguas por una acequia revestida y abovedada en toda su longitud, hasta dotar de tan vital elemento a tres fuentes públicas y la particular de los Descalzos, que quedó enclavada dentro del monacal recinto. Las obras fueron interrumpidas varias veces: unas por inquietudes políticas, otras por epidemias y otras por falta de dinero; pero terminados los trabajos el 1586 (o sea, treinta y cuatro años después), las nuevas fuentes levantadas en la plaza del Arrabal y en la de la Villa, fueron inauguradas solemnemente por el licenciado Méndez de Parada, sin olvidar la campestre, que, por su nostalgia y antigüedad los vecinos y las autoridades civiles y eclesiásticas, con justo, y legitimo derecho, la bautizaron con el nombre de la FUENTE VIEJA. Cubrieron a esta fuente en la breve y pacífica hondonada con una caseta cuadrada de dos metros de lado por otros dos de alto, de la que salía un chorro de agua cristalina y pura que caía espumosa en una pileta rectangular colocada a ras del enfangado suelo. El transparente chorro venía por un viaje independiente que tenía su origen en la cañada lindera a la cuesta de la Estación hasta perderse entre los negrillos y zarzales de la mencionada huerta de Morera. Arriba, en la verdosa explanada, precisamente donde se levantan hogaño los Grupos Escolares, las lluvias torrenciales formaban una inocente laguna que era aprovechada por las mujeres de Adoveras y Barrio Nuevo para lavar, aclarar y retorcer la ropa secreta y pecadora, sirviéndolas de secadero las macollas de punzantes juncos que rodeaban al improvisado y cochambroso charco. En los albores del siglo en curso había un poyo rectilíneo, del que todavía se conserva un pequeño y desmoronado trozo que arrancaba de la bovedilla de la Fuente Vieja y se extendía hasta la mitad de la cañada, sirviendo de presa al charco y de asiento y ateneo a esos viejos encorvados y temblorosos de piernas flojas y cabeza fuerte. En las épocas propicias del año, nuestras cantarinas y retozonas niñeras nos llevaban aqueste deleitoso paraje, lleno entonces de paz y de mansa quietud, a jugar, a saltar y hacernos coronas y cestitas de junco, mientras oían un poco ruborizadas las ternezas amorosas del imberbe e ilusionado mocito, halagando nuestra vista el paso de los trenes y las piaras de cabras del tío Sierra y del tío Toribio, devoradoras de muérgano y de hojas de berza esparcidas por la fresca y alfombrada pradera, en tanto que los mayorcitos de la gente menuda, más atrevidos y endiablados, toreaban al macho cabrío, tan lascivo como greñudo y tan fiero como celoso. Sucediéronse los años secos, las fuentes corrían hilo a hilo y algunas hasta dejaron de manar, por lo que el Ayuntamiento de 1923 se decidió á subir las aguas del Adaja, quedando convertida la Fuente Vieja en fábrica de microbios, depósito de residuos domésticos y almacén de desafueros antihigiénicos. A poco de nacer la Segunda República, el paro era epidémico, las arcas municipales padecían peritonitis, los jornales irrisorios y el espectro del hambre se enseñoreaba por doquier, sembrando en los humildes hogares el dolor y la tragedia. Ante tamaña y deplorable situación, el concejo del 32, para socorrer y proporcionar ocupación a los infortunados trabajadores, les concedió la destrucción del notable acueducto, sin más retribución que lo que les valieran los materiales extraídos de las arcadas y de las cañerías, siendo también víctima de la piqueta demoledora la pacífica Fuente Vieja, en cuyo íntimo rincón se levantan las nuevas y modestas casas de don Arcadio Roldan y de don Víctor Juanes, precursoras de una plaza que andando el tiempo puede ser espaciosa, consoladora y sana.
Marolo Perotas
Cosas de mi pueblo.