5 dic. 2016

La Historia (I)

Marolo Perotas.
Escribe Miguel Cervantes en el IX Capítulo de la primera parte de la nunca suficientemente ponderada novela cuyo título es “El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” que: «…habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les haga torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir».
Queremos pues ser puntuales y verdaderos, aunque por no ser historiadores, que ni lo somos ni presumimos de ello ni falta que nos hace, permitidnos ser apasionados, apasionados de la historia y el patrimonio cultural de esta Ciudad y de esta Tierra que nos contiene y nos sustenta.
Dicho esto empezamos por decir que en el apartado dedicado a la Leyenda hicimos referencia a la afirmación que del lugar hacía Marolo Perotas: «…en cuyo terreno, según la tradición se levantaban sobre graníticas peanas las cruces de madera, acogedoras y adornadas por la belleza y frondosidad de plateados álamos y de dos rústicos leones de piedra, colocados a la entrada del área como símbolo del valor y del coraje de la invencible raza hispana».

Juan José de Montalvo, en su reseñado libro “De la Historia de Arévalo”, apartado titulado “Notas sobre Arévalo en el año 1760”, nos hace saber que «con motivo del cumplimiento de varios Decretos del Rey Carlos III para la extinción de las Rentas Provinciales y otros ramos y subrogación de su importe en una sola contribución, se nombró en la Villa de Arévalo y se les juramentó en público Ayuntamiento a ocho peritos de los más significados entre labradores y comerciantes por sus conocimientos extensos de las cosas de esta Villa, para que después de meditado estudio informasen conforme a un extenso formulario de preguntas que abarca todos los bienes y utilidades, tanto reales como personales, sobre los que podría imponerse la tributación.
Parque Gómez Pamo. Primer tercio del siglo XX.
Dijeron: que las alamedas y pinares están plantados sin orden alguno, a excepción de unos doscientos árboles negros y blancos puestos de antiguo frente al convento de la Trinidad, en la calzada de Ávila, que están en dos y tres hileras».

Volvemos a Marolo Perotas que nos dice que: «La invasión napoleónica, a su paso por Arévalo, derribó las cruces, destrozó la tupida alameda y cortó la cabeza a los leones, dejando el infortunado recuadro en el más vergonzoso y desolador aspecto; pero don Ni­casio Varadé Sisí, en vista de que era un sitio muy visitado frecuentemente por todas las clases sociales, retiró las peanas, taló los árboles cañosos y con los más derechos y corpulentos formó una calle a la que dieron los vecinos el nombre de paseo de la Alameda».

Montalvo nos asegura que don Nicasio Varadé Sisí fue alcalde constitucional de Arévalo en el año 1866. Podemos colegir, por tanto que ese año se repararon los destrozos que las tropas napoleónicas, a su paso por nuestra Ciudad, habían dejado en el aún incipiente parque.

Sabemos que algunos años después, en 1874, don Rubén Varadé Sisí, actuando también en su condición de alcalde constitucional «plantó lilares, rosales y lirios, muchos lirios, e instaló una noria (…), para que las pobres plantas no fueran víctimas de las terribles y pertinaces sequías».

Parque Gómez Pamo. Otoño de 2016.
Por su parte, Marisol Donis, en una revista llamada Cuadernos de Rebotica nos trae, en un extenso documento referido al científico Juan Ramón Gómez Pamo nacido en Arévalo en el año 1846, la siguiente y muy interesante reseña: «En vacaciones, la familia vuelve a la casa de Arévalo y es allí donde a Juan Ramón se le ocurre, dada su afición a la botánica, transformar la huerta del antiguo convento de la Santísima Trinidad en un parque municipal, una especie de mini-Botánico. Consiguió los permisos pertinentes y se puso manos a la obra. Una gran variedad de especies botánicas fueron plantadas. Lo nunca visto en un pueblo de aquella zona. Gracias a este farmacéutico, la villa de Arévalo destacaba de todos los pueblos de la comarca que sólo contaban, como zona verde, con los cipreses del cementerio».


Como podéis ver, hasta ahora, no nos hemos encontrado con ningún dato que avale las palabras proferidas en un medio radiofónico por Agustín Carpizo, responsable de Medio Ambiente (sic) del Ayuntamiento de Arévalo, respecto a que el lugar fue una escombrera. Sí hemos constatado que, según relatos históricos, entre los años 1808 y 1811, las tropas de Napoleón, a su paso por Arévalo y su Tierra, nos trajeron destrucción y ruina en general y arrasaron, entre otras cosas, la hermosa alameda que entonces allí había, jalonada de cruces y con dos hermosos leoncitos de piedra.
Y a día de hoy no hemos necesitado tropas francesas que arrasen con nada. Nosotros solos nos bastamos y sobramos para ello.

(continuará)

29 nov. 2016

La Leyenda

Vista general de Arévalo desde el Norte.
Colección Emilio García Vara.
Archivo Fotográfico de "La Alhóndiga".
De hacer caso a Juan José de Montalvo y a Emilio García Vara, las primeras leyendas sobre el lugar se remontan al año 746, en la época de la Reconquista.

En el libro “De la Historia de Arévalo y sus sexmos” encontramos estos párrafos:

«… al servicio del rey don Alonso I fué una de las cinco casas y caballeros que restauraron y conquistaron de los moros esta muy noble y leal villa de Arévalo, por los años del Señor de 746».

«Y con la venida felicísima del esclarecido y alto rey don Alfonso, el primero de este nombre, …, vinieron estos cinco caudillos, conviene a saber: Juan Briceño de Porres, Hernán Martínez de Montalvo, Juan Verdugo, Gómez García Sedeño y Garcitapia. De los cuales consta que como estuviesen en compañía del buen rey don Alonso sobre esta muy noble y leal villa de Arévalo, que estaba apoderada de los moros, suplicaron al rey que pues a ellos les tocaba la defensa de su patria, les fuese concedido el poder retar a singular desafío a los moros, y que el rey lo concedió, señalando por campo y palenque el campillo, y hoy se llama así por haber sido en aquellos tiempos el campo de la esclarecida batalla que tuvieron estos caballeros contra los moros».

Portada del libro "De la Historia de Arévalo"
de Juan José de Montalvo.
«En el extendido campo cuyo panorama se domina desde la alta muralla Sur de la villa de Arévalo, se contemplaban frente a frente los gentíos de moros y cristianos, separados por amplia pista y limitados los segundos por la línea de tiendas del ejército real y los primeros por un cordón de mandatarios previamente ordenados por el Sahib».

Proceden de los Memoriales de Ossorio Altamirano y de autor desconocido (un tal Montes). Nos hacen saber que el campo y palenque en que se dirimió la conquista de Arévalo, en el año 746, fue el que más tarde se conoció como "Campo de la Grama", "Huerto de la Grama", "La Alameda" y, hoy, "Parque de Gómez Pamo".

Por su parte, Emilio García Vara, en sus crónicas inéditas sobre diversos aspectos de la historia de Arévalo, le dedica un pequeño capítulo a “El Campillo” en el que dice: «Hoy titulado Parque de Gómez Pamo, en cuyo lugar se llevó a efecto el desafío entre los cinco moros abencerrajes y los cinco capitanes del ejercito cristiano, hijos de Arévalo, en el año 746, el 14 de septiembre».

Muchos años más tarde hacia 1214, y según nos relata el gran cronista que fue Marolo Perotas, el mismo San Francisco de Asís, marca los terrenos del "Campo Santo" en el que el seráfico padre fundó el convento de franciscanos y que lindaban al Sur  con los que con el tiempo llegarían a ser los de "la Alameda".

Restos del convento de la Santísima Trinidad.
Colección Emilio García Vara.
Archivo Fotográfico de "La Alhóndiga".
Tan solo un año después, en 1215, los padres San Félix de Valois y San Juan de Mata, al tiempo que estaba en Arévalo San Francisco, con quien celebraban sus coloquios en la huerta llamada «La Grama», fundan a orillas del Arevalillo y para la redención de cautivos, el convento de la Santísima Trinidad.

Explica el mismo Perotas que a el lugar «se le conocía con el nombre del “Huerto de la Grama”, sin duda por la gran cantidad de grama que criaba el arenoso y soleado erial, en cuyo terreno, según la tradición se levantaban sobre graníticas peanas las cruces de madera, acogedoras y adornadas por la belleza y frondosidad de plateados álamos y de dos rústicos leones de piedra, colocados a la entrada del área como símbolo del valor y del coraje de la invencible raza hispana».

En resumen el lugar se llamó primero “El Campillo”. Fue el palenque en el que los cinco caballeros cristianos, con gran arrojo y coraje, pelearon contra los cinco abencerrajes reclamando la posesión de la antigua villa arevalense, entonces en mano de los moros.

Parque Gómez Pamo.
Hacia el año 2009.
Colección Juan C. López.
Más tarde, en los albores del siglo XIII, los fundadores de los exconventos de los franciscanos observantes y de los trinitarios, San Francisco de Asís, San Félix de Valois y San Juan de Mata, tenían sus conversaciones y debates en el entonces conocido como Campo de la Grama, a la sombra de los imponentes álamos que ya entonces jalonaban el legendario lugar.

Y luego, formando parte del exconvento de la Santísima Trinidad, al lugar llamado ya “Huerto de la Grama”, le adornaban una serie de cruces de madera montadas sobre peanas de granito, y la belleza y frondosidad de plateados álamos y de dos rústicos leones de piedra.

El “Parque Gómez Pamo” pues, en los tiempos legendarios y según narran historiadores y cronistas de talento contrastado, tiene ya su importancia  y no, desde luego,  ni como escombrera ni como nada que pudiera parecérsele.

(continuará)

24 nov. 2016

Los argumentos en contra

Parque Gómez Pamo
Colección Agustín Garcia Vegas, "Chispa"
Archivo Fotográfico de "La Alhóndiga"
Podríamos entrar ahora a considerar todos los argumentos en contra del adoquinado del Parque Gómez Pamo. Podríamos exponer los problemas que se les generan a los árboles por tapar su sistema radicular, parcial o totalmente, con pavimentos de hormigón. Podríamos también explicar las posibles plagas que se pueden generar en parques pavimentados indicando las causas de las mismas. Pero no, no vamos a entrar en eso. El tiempo nos dará o nos quitará razones. Aunque pudiera ser que para cuando eso ocurra los responsables del daño ya no estén.
Vamos a centrarnos en un solo hecho: El Parque Gómez Pamo, aunque a algunos les importe muy poco o nada, forma parte del conjunto de elementos del Patrimonio histórico natural y cultural de todos los arevalenses.
El "Paseo" tiene una historia que nos lleva mucho más lejos de los 150 años en que, el entonces alcalde don Nicasio Varadé Sisí, se planteó recuperar el espacio que había sido arrasado por los soldados franceses durante los años de la invasión napoleónica. Más allá de la historia el lugar tiene hermosas reminiscencias legendarias que se remontan a los tiempos de la Reconquista.

En 1928 dos arevalenses ilustres nos dejan, a través de sus escritos, demoledoras afirmaciones que hoy, 88 años después, tienen una vigencia que sobrecoge.
Juan José de Montalvo en su libro “De la historia de Arévalo y sus sexmos” nos muestra, en sus primeras páginas, una fotografía de la desaparecida torre de San Juan. Era una de las tres puertas que desde el Sur daban acceso a la villa intramuros y que, según cuenta otro ilustre arevalense, Marolo Perotas, “derribóse el siglo pasado (en torno al año 1858) por orden de Isabel II para dar paso a su espléndida carroza, cuando fue a Galicia en busca de una nodriza que amamantara a su hijo Alfonso XII”.
Parque Gómez Pamo
Colección Luis José Martín García-Sancho
Archivo Fotográfico de "La Alhóndiga"
Montalvo anota en el pie de la fotografía que se trata de un “Precioso torreón de la muralla Sur, victima de la ignorancia”.
En ese mismo año, 1928, Julio Escobar, una de las plumas más preclaras que ha tenido nuestra Ciudad, escribe en La Llanura número 55 del 12 de agosto un demoledor artículo titulado “Del Arévalo muerto”. En él repasa algunos de los elementos del Patrimonio Histórico arevalense que habían ya entonces desaparecido, fruto de la ignorancia y la barbarie y, entre otras muchas reflexiones, nos deja éstas: “… y al Ayuntamiento de aquel entonces no se le ocurrió otra cosa que echar abajo bellezas artísticas y sagrados recuerdos del pretérito. Lo que extraña y llena de asombro, es cómo el pueblo no se estremeció al reducir a escombros sus cimientos fundamentales”. Pocos meses después de que Escobar escribiera esto se tiró abajo la espadaña de la antigua iglesia del colegio de los jesuitas.
1976 fue el año en que el palacio (las Casas Reales), el Convento del Real, fue derribado. Puede que algunas voces opinaran en contra. Tal vez, igual que ahora, se escucharan clamorosos silencios, y, en general, puede ser, que ocurriera como ocurre hoy con respecto al asunto del Parque Gómez Pamo, que tal vez fuera algo anecdótico. Y quizá alguien recuerde si a los que alzaron su voz contra aquella barbaridad, suponemos que algunos habría, también les intentaran hacer callar, argumentando razones tan "indiscutibles y de de tanto peso" como la tan socorrida: “Pues va a quedar bien bonito”.
Ha habido otros desastres, otros atentados al catálogo de monumentos de nuestra Ciudad. Ahora le toca al Parque Gómez Pamo. Y seguramente, si esto sigue así, habrá otros. 

Parque Gómez Pamo
Colección Teresa Pascual del Río
Archivo Fotográfico de "La Alhóndiga"
Por nuestra parte, agradecer a todos esos arevalenses que, con sus firmas, comentarios, ideas y propuestas, han intentado parar esta aberración irracional que atenta contra la propia esencia del Paseo. Ha sido un número muy importante de personas que demuestran que en Arévalo, hoy, hay gente que se preocupa por el Patrimonio histórico, cultural y natural y no comparten las actuaciones que, de forma sistemática, están degradando de manera muy grave los elementos que componen ese Patrimonio en general y el Paseo, "los Paseos", en particular.


Nos queda, sí, lamentar la actitud cerril e intransigente del señor alcalde de Arévalo, propia de cacique de pueblo, que haciendo caso omiso de las peticiones, sugerencias y propuestas de un buen número de arevalenses para que se preservara la esencia histórica de nuestro Parque Gómez Pamo, ha optado por una huida hacia adelante que lleva a este espacio que cumple ahora 150 años, a que pierda totalmente su carácter romántico poniendo en peligro la propia existencia del mismo con sus brutales y sistemáticas acciones de podar, cortar, talar y arrancar de forma incoherente las especies que en él sobreviven pese a la agresividad, abandono y dejadez a que se les ha sometido.
(continuará)